Jamás mi lengua ha sufrido tanto como ayer. Ardor, dolor y amargura total por comer un simple ceviche. Mi pobre lengua llegó a doparse por tanto ají. No podía hablar, no podía comer, no podía sentir, no podía oler, no podía escuchar. No podía hacer nada. Estaba inmóvil. El culpable: el ají excesivo en el mero. Quería salir corriendo del restaurante. No se calmó ni con la chicha morada azucarada. Pobre yo.
Voy de a pocos. Ayer domingo estuve en un restaurante que ha hecho de a pocos una marca en Lima, inclusive estuvo en la Feria Mistura. La gente formaba colas por sus tamalitos verdes, por sus ceviches y por sus cabritos y menestras. Inclusive en ese evento llegué a comer este último plato y estaba requete bueno.

Pero ayer domingo, o fue mala suerte, o fui yo la culpable al no decirle que el ceviche debería estar de tono medio de ají. No lo sé. Pero en su trío de ceviches (vienen 3), los dos primeros estaban con su punto de ají intermedio. Es decir, eran comestibles y pasables. Se sentía el sabor de los mariscos, de la cebolla e inclusive del culantro. La zarandaja, contribuyó a mi malestar, venía mezclado con mucha pimienta.
Pero en el tercer ceviche el mero vino molesto. Sólo un bocado y mi lengua dejó de existir. En cuestión de segundos un ardor indescriptible la inundó y morí. Agonicé por algo de veinte minutos. ¡Qué ají, Dios!. Mis pupilas gustativas se fueron de vacaciones. ¡Ceviche asesino!

Paso siguiente: reclamamos a uno de los mozos. ¿Qué nos dijo? Su mozo que le atendió debió preguntarle qué nivel ají deseaba, lo cual no se tomó la molestia de hacerlo.
Para que usted no se vuelva a picar y sufrir tanto como yo, cuando vaya a la picantería - restaurante La Paisana en Magdalena, Lima, (sí a ese fui) pida el nivel de ají adecuado, como usted quiera. O quiere ají para sufrir o quiere ají para ser feliz. Usted decide.


